-Joder, que aburrimiento...
Te quejas por enésima vez esa noche, tumbada en la cama con la cabeza colgando por uno de los bordes y la melena negra rozando el suelo.
-Recuérdame por qué no hemos salido.
-Mmm... ¿porque no querías? Estamos así por tu culpa, Mer.
Y tu amiga pelirroja tiene razón. Está sentada en la silla giratoria del escritorio, moviéndose de un lado a otro tan aburrida como tú e intentando no asesinarte por tenerla ahí sin hacer nada.
Un chico de vuestra universidad os ha invitado a una fiesta que tiene toda la pinta de ser alucinando pero te has negado sin dar razones y las has convencido a ella para que se quede contigo con la promesa de pasar una buena noche. Cosa que no está sucediendo.
De repente te levantas de un brinco, asustando a la pelirroja, porque se te ha ocurrido una idea que mejorará el ambiente o por tu vieja que te raparás el pelo y se lo darás en sacrificio para disculparte.
-Voy a por algo con lo que conseguiremos divertirnos, nunca falla. Espérame aquí, Shei.
Corres escaleras abajo hasta la cocina y regresas a tu cuarto con unas botellas y algunas cosas más entre los brazos.
-Alcohol. -Dices en tono triunfal como si hubieses descubierto un nuevo continente.
Y es que si el alcohol no os sube el ánimo no sabes qué podría hacerlo.
Dejas las botellas en el suelo junto con todo lo demás y Sheila se acerca curiosa a ver qué más hay: dos vasos, una botella de vodka y una de tequila, un cuchillo, limón y sal.
-Bueno, por fin algo que hacer. -La pelirroja sonríe y tú crees que te derrites. Pero te prohíbes pensar en eso ahora. Tienes cosas más importantes en la cabeza.
Abre la botella de vodka sin rodeos y sirve los dos vasos hasta arriba. Alcohol a palo seco y en grandes cantidades.
Si no caéis inconscientes esta noche, nada podrá con vosotras.
-El primero que sea rápido. -Te dice.
Brindáis sin decir nada y bebéis el líquido de un tirón. Y, joder, quema, tienes la garganta en carne viva y una sensación calentita en el estómago.
Tras unos minutos intentando que esa sensación pase desapercibida, sonreís y llena otro vaso más para repetir el proceso.
Después de la tercera copa, ni la garganta quema ni ostias. La vista está borrosa, las piernas tiemblan aún estando sentadas y ya no importa estar encerradas en una habitación ni que al otro lado de la ciudad estén dando la mejor fiesta del año.
Ahora todo parece jodidamente divertido.
-Creo que es el turno del ¡TEQUILA! -Gritas, y tu voz sale más chillona de lo normal.
Sheila está de acuerdo, por supuesto, y lo preparáis todo para el primer chupito: sal lamida del dorso de la mano, tequila y limón.
-¡Esto hay que inmortalizarlo! -Grita Sheila. Vuestras voces se han elevado unas octavas o tus oídos se han vuelto hipersensibles. Ni lo sabes ni te interesa.
Cuando se ha levantado ha tenido que sujetarse de la cama porque casi cae de morros al suelo, haciéndote reír como una estúpida. Llega con esfuerzo a la estantería y coge tu cámara para empezar a sacarte fotos.
Con pose indiferente (o todo lo indiferente que puedes mostrarte cuando tu cuerpo se tambalea aún estando sentada), enciendes un cigarrillo y fumas como si fueses una puta estrella del rock y la cámara te amase.
Volvéis a servir otro chupito de tequila mientras os turnáis para hacer fotos que por la mañana ni recordaréis haber hecho.
Y en la siguiente tanda, la "inocente" de Sheila quiere jugar un poco. Y que te maten si piensas en negarte.
-Ey, Mer. -¿Su voz siempre ha sido tan sexy o ya estás mal de la cabeza?- Ahora bebes tú. Tienes que lamer la sal de mi hombro, beber, y luego el limón.
Te has quedado en estado de shock. Maldita sea ella y toda su descendencia. Sólo ha dicho lamer su hombro y ya estás divagando demasiado.
Cuando es tu turno de elegir dónde poner la sal, decides ir un poco más allá, ser una zorra y aprovecharte. ¿Cuántas veces tendrás a Sheila lamiendo tu piel? Pues eso. Te pones de pie y la miras.
-Tú tienes que lamer la sal... -Te sacas la camiseta sensualmente pero sin dejar de reír y terminas la frase- De mi tripa.
Suerte que has elegido un bonito sujetador azul de encaje, porque te lo está mirando sin disimulo alguno.
Te tumbas en el suelo y pones un poco de sal alrededor de tu ombligo.
Temes que se niegue pero, oh no, a Sheila le da igual todo. Hace un círculo con la lengua alrededor de tu ombligo y jadeas sin poder evitarlo, notando como el vello se tus brazos de eriza por la sensación.
Y la tía lame la sal a conciencia, ignorando que te estás volviendo mantequilla bajo su lengua. O tal vez sí lo sabe y por eso se ríe contra tu piel.
-Uf, tengo calor. ¿Tú no tienes calor? Tengo mucho calor. -Por lo que parece ya estáis en el estado de hablar incontroladamente.
De repente se aleja de ti y maldices de nuevo a todos sus descendientes. Camina como puede hasta la ventana y la abre mientras la miras desde el suelo con otro cigarrillo en los labios.
El aire fresco entra en la habitación pero por lo visto no es suficiente para ella, ya que en un arranque intempestivo se ha quitado la camiseta y la ha tirado junto a la tuya y tú babeas sin darte cuenta.
Y así están las cosas. Tú con pitillo y sujetador azules y ella con pitillo sujetador negros.
Aprovechas que tienes la cámara al lado y le haces algunas fotos en poses sensuales antes de levantarte también.
Parecéis crías saltando de un lado a otro y bailando. La música está encendida y no sabes si gracias a ti o a ella.
Estás tan perdida con sus movimientos que no te has dado cuenta de que está demasiado cerca de ti hasta que es demasiado tarde y habéis caído sobre la cama tras un ataque de cosquillas, ella encima de ti con las piernas a cada lado de tus caderas.
Y, joder, llevas mucho tiempo deseándolo, pero no puedes terminar de creerte lo que está pasando, y menos si no para de mirarte fijamente con esos ojos hipnotizantes.
Te mueres de ganas por besarla y parece que se da cuenta, pero cuando te estás acercando, la muy zorra (con perdón) se aleja y te sonríe.
-Creo que hemos bebido demasiado. Todo me da vueltas. -Comenta.
"¿No me jodas?" quieres gritarle por tal obviedad. Pero como la buena chica que no eres, no lo dices.
-Sí, yo también lo creo... -Murmuras a cambios. Un extraño brillo aparece en sus ojos y un escalofrío te recorre desde los dedos de los pies hasta el último pelo de la cabeza.
-Tengo una idea para despejarnos.
No te ha dado tiempo a preguntar nada cuando estas siendo arrastrada fuera de la habitación sin saber dónde vas y, maldita sea, has acabado en el baño y la increíble pelirroja está abriendo los grifos de la bañera.
Te quedas paralizada en la puerta sin saber qué está pasando pero el golpe del pantalón de Sheila contra tu estómago de te devuelve a la realidad.
Vale, si cuando se ha quitado la camiseta has empezado a babear, ahora te estás deshidratando. Pero, Dios, es Sheila. Está frente a ti, sólo con ropa interior (la cual, por cierto, no deja mucho a la imaginación) metiéndose en la bañera y el agua empieza a caer por su cuerpo.
¡Y te está haciendo gestos para que entres con ella! De acuerdo, ahora es cuando sufres un paro cardíaco.
Como sea, no vas a dejar escapar esta oportunidad. Fuera zapatillas y pantalón, coges aire y entras en la bañera.
El agua está fría y te despeja la cabeza. Por fin recobras un poco de consciencia y recuperas el control de tus sentidos.
-¿Te sientes mejor? -Susurra en tu oído haciéndote saltar- Relájate.
Oh, Dios. Sus manos están recorriendo tus brazos de arriba a abajo, se detienen en tus hombros y los masajea antes de bajar por tu espalda hasta la cadera y acariciarte ahí.
El agua ha dejado de estar fría y parece que empiece a hervir. Eso, o eres tú la que está ardiendo, que es lo más probable. Pero la temperatura sube un poco más cuando notas sus labios contra tu hombro y luego en tu cuello, donde aparece su lengua también.
Y te das cuenta de que estás perdida.
Más le vale que deje de hacer eso si solo está jugando porque estás a nada de perder el control, darte la vuelta y estamparla contra la pared para adueñarte de su boca y de todo lo que puedas.
Sin embargo, sigue con lo que hace y sus manos acarician tu vientre rodeándote desde atrás, centrándose en la parte inferior al ombligo, rozando con la yema de los dedos la porción de piel que se encuentra debajo de la goma de tu ropa interior.
Se acabó. La racionalidad se ha esfumado y haces lo que habías pensado.
Ahora la pelirroja está atrapada entre tu cuerpo y la pared, tus manos sujetan su cintura y vuestros alientos se entremezclan con el vaho que empieza a salir de la bañera.
Os miráis a los ojos y puedes jurar que se muere de ganas de que elimines la distancia entre las dos tanto como lo haces tú.
Pero no. Como ya has dicho, llevas demasiado tiempo esperando un acercamiento de este tipo con ella y tienes que aclarar las cosas.
-¿A qué vienes esto, Sheila? -No sabes ni cómo has podido hablar, aunque tu voz suena agitada y muy baja. Y la suya está igual.
-¿A qué te refieres?
-Todo esto. ¿Es solo por el alcohol?
-Tengo que admitir que ha ayudado un poco, pero no. Es porque quiero. Dios, te deseo tanto, Mer...
Vale, tal vez quieras algo más que una simple noche de placer pero, mierda, esa forma de morderse el labio y mirarte de arriba a abajo te está matando, así que no añades más, ya habrá tiempo para hablar, y la besas.
Y qué beso, madre mía. Los has tenido buenos pero este no se compara con ninguno anterior. Es dulce y delicado, pero cargado de sensualidad y necesidad. Es especial, como todo en ella.
Te pegas a ella todo lo que puedes, sintiendo sus manos enredarse en tu pelo, tirando de él un poco cuando una de tus manos se sitúa en la curvatura de su espalda, bajando poco a poco hasta colarse bajo su ropa interior y acariciarle la suave y tersa piel de su culo. Aprietas y ahoga un gemido contra tu boca.
Entonces decide que no va a quedarse atrás y saca las manos de tu pelo para desabrocharte el sujetador y tirarlo fuera de la bañera.
En serio, sus manos... Si antes te volvían loca ahora que han pasado a tocar zonas muchos más sensibles de tu cuerpo (tus tetas, joder, tus tetas) te das cuenta de que son un arma capaz de terminar con cualquiera. No quieres ni imaginar cómo se sentirán en otro sitio...
Vuelves a la realidad dispuesta a ir a por todas. Fuera su sujetador, caricias por un lado y por otro y estáis tumbadas sobre la fría bañera, tú sobre ella. Toda la ropa ha desaparecido así que estáis cuerpo contra cuerpo cuando bajas con tus labios sobre su piel, desde su cuello hasta su ombligo, deteniéndote en sus pechos para lamer sus pezones y endurecerlos, haciéndola jadear y retorcerse.
Sigues bajando y por fin estás donde querías.
Recorres su zona más sensible con los dedos y dobla las rodillas para facilitarte el trabajo cuando tu lengua desaparece entre sus piernas.
Dios, nunca creíste que te gustase tanto hacer eso pero tratándose de Sheila debiste suponerlo. Todo lo que tenga relación con ella te gusta y su sabor no va a ser menos.
Se derrama contra tus labios y te coge de los hombros para ponerte a su altura y poder besarte por milésima vez. Y cuando estás totalmente entregada a ese increíble y caliente beso, sus dedos delinean tu intimidad para terminar hundiéndose en ella.
Nombras a todos los dioses que conoces al sentirlos en tu interior y pierdes el control de tu garganta, la cual deja salir ruidos que no sabías que eras capaz de hacer. Porque tenías razón: sus manos son maravillosas y nunca has sentido algo parecido.
Cuando te dejas ir aún con ella dentro gritas una maldición que se habrá escuchado en toda la casa, pero te da igual quien esté. Ahora mismo no hay nada más allá de esta bañera y nadie aparte de vosotras, que os dedicáis a beber de la boca contraria como si de ella brotase el agua que os salvará de la deshidratación.
Te abraza poniendo las manos en tu espalda mientras tranquilizáis vuestras respiraciones y os calmáis un poco y tú te dejas caer a un lado de ella, descansando ambos cuerpos sobre la bañera.
Y, por más que odies romper el momento de calma, silencio y sexo que hay a vuestro alrededor, tienes que preguntar.
-¿Esto ha sido sólo sexo para ti? ¿Solo deseo?
-Sería más fácil si fuese sólo eso. Pero contigo nada es sencillo, ¿sabes?.
-¿Qué quieres decir? -Estás cruzando los dedos imaginariamente esperando que diga lo que más anhelas. Ella resopla y entonces sabes que vas por buen camino al pensar eso, porque odia hablar de sus sentimientos.
-¿En serio tengo que decirlo? -"Sí, por favor, sí". Quieres suplicar pero te quedas en silencio- ¡Está bien! Me gustas Mer. Nunca has sido una simple amiga para mí y no quiero que lo seas nunca. Yo quiero todo de ti. Quiero que seas mía y de nadie más.
Quieres saltar, gritar y decirle a todo el mundo lo que acabas de escuchar, pero solo sonríes con una estúpida antes de besarla para que sienta todo lo que sientes tú y murmurar contra sus labios:
-Ya soy tuya, princesa. Siempre lo fui y siempre lo seré.
Fin.