Al despertar es lo primero que ves.
Está tumbada junto a ti, el pelo tapándole los ojos, su
pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración, esa respiración que te
tranquiliza y adormece cada noche cuando te metes en la cama.
No puedes dejar de mirarla, como cada mañana que despiertas antes
que ella. Nunca te cansarías de hacerlo y agradeces al universo que vuestros
caminos se cruzasen aquel día, porque tu vida sin ella no sería lo mismo.
Hace un ruidito gracioso con la nariz y ríes en bajo para no
despertarla, pero aun así su suelo se rompe y sus ojos empiezan a abrirse
lentamente.
Cuando finalmente te enfoca, sonríe y cierra los ojos de
nuevo.
La abrazas y suspiras feliz, sintiendo sus brazos alrededor
de tu cintura y no puedes evitar apretarla contra ti y suspirar una vez más.
No puede ser nadie más, tiene que ser ella. No creíste que
pudieras sentir algo tan fuerte por una persona, pero así es, y es por ella y
nada más que por ella.
Janna.
Acercas tu boca a su oído y susurras, como cada mañana antes
de empezar el día.
-Te quiero.
La vida es difícil, pero cuesta menos si la tienes a tu
lado.