CAPÍTULO ÚNICO
-¡Frank! ¡Baja, ya está aquí tu
niñero!
Nada más escuchar a su madre, el
pequeño Frank de 7 años salió corriendo de su habitación y bajó corriendo las
escaleras. Deseaba ver a su niñero, hacía ya un mes que sus padres no habían
salido y no había hecho falta que cuidase de Frank, pero por fin estaba ahí.
Hacía casi un año que le conoció.
Al principio se mostró reacio a quedarse solo con él cuando sus padres dijeron
que se iban, pero el chico se ganó el cariño de Frank. El pequeño no se había
divertido nunca tanto como cuando estaba con su cuidador.
Tan emocionado estaba que tropezó
en el penúltimo escalón y cayó de rodillas sobre el suelo del recibidor.
-¡Frank! –Gritó preocupada su
madre– Te he dicho mil veces que no corras por las escaleras. –El joven
cuidador que estaba junto a ella corrió hacia el niño que lloraba al pie de la
escalera para comprobar cómo estaba.
-Frankie, enano, ¿estás bien? –El
pequeño negó con la cabeza, las mejillas mojadas por las lágrimas– Vamos a curarte,
¿vale? –Con fuerza le cogió en brazos. Frank rodeó su cintura con las piernas y
escondió la cabeza en su cuello, sollozando– Jope, pesas más de lo que parecía-
Bromeó, consiguiendo que el pequeño riese en medio de las lágrimas.
El mayor le dejó sentado en el
sillón y fue a la cocina a por el pequeño botiquín de emergencias. Al momento
estaba arrodillado en el suelo, curando la pequeña herida que Frank se había
hecho en la rodilla. Cuando terminó le colocó una tirita con dibujos de
animalitos.
-Listo. Oh, no, espera. Aún falta
lo más importante. –Le sonrió al más pequeño y se inclinó para darle un besito
a la rodilla magullada, haciendo que el menor se sonrojase– Ahora sí. Ya no te
dolerá más.
-Bueno, nosotros nos vamos.
Frankie, ten mucho cuidado y haz caso a Gerard en todo lo que te diga, ¿de
acuerdo? –El pequeño asintió con la cabeza, ya sin llorar.
-No se preocupen, no dejaré que le pase nada a mi enano favorito. –Gerard le pellizcó una mejilla a Frank, quien volvió a sonrojarse cuando su mamá y su papá le besaron para despedirse.
Frank siempre recordaría ese día, pues fue el día que se dio cuenta de que quería a Gerard como nunca había querido a nadie. Era una de las personas más importantes en su vida y eso no cambiaría nunca.
Gerard tenía 16 años cuando
comenzó a cuidar a Frank. Estaba estudiando y como todo adolescente quería
conseguir algo de dinero, así que cuando los padres de Frank, amigos de sus
padres, le pidieron que cuidase del petizo una noche, aceptó sin pensarlo.
Creyó que sería un horror cuidar de un crío de su edad, pero no. Frank era un
niñito especial y en ningún momento fue un suplicio ser su niñero, todo lo
contrario.
Tanto era así, que estuvo
cuidando de Frank hasta que éste hizo 13 años y él ya tenía 22.
A lo largo de los años Gerard le
había enseñado a hacer muchas cosas. Le enseñó a pintar cuando aún iba al
colegio, ayudándole con los deberes de arte, a hacer el pino contra la pared en
una tarde aburrida, a bailar un sencillo vals para la fiesta de fin de curso, y
le enseñó los acordes básicos de guitarra, despertándole una gran pasión por la
música. Incluso le enseñó a besar, aunque solo en la teoría.
Pero fue el último día que
trabajó como su niñero cuando el menor le pidió ayuda en algo que le pilló
totalmente de improviso.
-Gee, ¿puedo preguntarte algo?
–Preguntó con timidez.
-Claro, lo que quieras enano.
-¿Qué es… Qué es una mamada? –Preguntó bajito. El agua que estaba bebiendo Gerard se quedó atascada en su garganta, haciéndole toser como un loco.
-¿Qué?
-Es que mis papás nunca me quieres hablar de esas cosas y eres la única persona a la que no me da tanta vergüenza preguntárselo. –Su rostro estaba rojo como un tomate y tenía la mirada clavada en el suelo intentando disimular. Era la inocencia en persona ante los ojos de Gerard, que se sentó junto a él suspirando y pensando cómo contarle algo así a un niño.
-Pues a ver… Una mamada es cuando, eh… Joder, qué difícil es esto. –Se pasó una mano por el pelo y suspiró otra vez- Una mamada es cuando alguien… chupa… el pene de un hombre para darle placer, ¿entiendes? –Titubeó pero lo dijo todo de corrido para terminar cuando antes.
-Eww… ¿Por qué alguien iba a
hacer eso? –Preguntó con cara de asco.
-Cuando una pareja se quiere
mucho, hacen cosas juntos, ¿sabes a lo que me refiero? –El menor negó– Hacen el
amor.
-¿Entonces una mamada es hacer el
amor? –Volvió a cuestionar con tono extrañado.
-No, no. A ver. Cuando se hace el
amor se pueden hacer muchas cosas, y esa es una de ellas. Pero no es solo eso.
-Am… ¿Tú lo has hecho? El amor… –Su
tono de voz bajó de nuevo, otra vez avergonzado. Gerard sólo asintió con la
cabeza levemente- Yo no sé cómo se hace… -Comentó triste y de repente… – ¿Me
enseñarías tú?
Gerard abrió los ojos como si
estuviese loco, viéndole totalmente emocionado y esperanzado.
-¿Qu-Qué?
-¿Me enseñas a hacer el amor?
-No, Frankie. Tú eres muy pequeño
para eso. –Le revolvió el pelo cuando el chico arrugó la frente- Además, eso lo
hacen las personas que se quieren mucho.
-Pero yo te quiero mucho. –Se
quejó haciendo un puchero.
-Yo también te quiero mucho. Pero
aún tienes que crecer para hacer esas cosas.
-Jo, no es justo. –Se cruzó de
brazos enfurruñado- Yo quiero que me enseñes, igual que me enseñaste a pintar y
a tocar la guitarra y todas esas cosas.
-Si tuvieses unos años más te
enseñaría, pero no puedo. Lo siento, Frankie.
-Entonces, cuando sea más mayor, ¿me enseñarás? –Cuestionó con los ojos brillantes. Gerard le sonrió enternecido.
-Claro.
-¿Lo prometes? –Le enseñó el dedo meñique y Gerard le enlazó con el suyo propio.
-Prometido.
Esa fue la última vez que Gerard
cuidó de Frank. El menor nunca volvió a verle por la ciudad. Incluso fue a casa
de los padres de Gerard cuando los suyos fueron a hacerles una visita, esperando
verle, pero sólo le sirvió para descubrir que Gerard se había ido a vivir con
un amigo a New York.
Con el paso de los años Frank
cada vez tenía más claro que quería dedicarse a la música. Terminó los estudios
básicos y se apuntó a una academia de música. Formó un grupo con unos
compañeros y empezaron a tocar en algunos locales de la zona. También se hizo
un par de tatuajes, se tiñó la mitad del pelo rubio y se hizo un piercing en el
labio y otro en la nariz.
Iba caminando tranquilamente con
por la calle, la guitarra a la espalda, las gafas de sol puestas y un
cigarrillo en los labios, cuando chocó contra alguien.
-Perdona tío, no te había visto.
–Se disculpó el otro, un moreno que iba caminando cabizbajo cuando chocaron.
-No pasa nada. –Respondió Frank.
El moreno levantó la mirada, dos
esmeraldas brillando bajo la luz del sol, y se quedó mirando a Frank fijamente,
intentando averiguar de dónde recordaba esa voz. Pero tras unos minutos en
silencio seguía sin tener la menor idea de quién era ese chico sexy y con aire
rebelde que estaba parado frente a él.
-No me reconoces, ¿verdad? –Preguntó Frank son una sonrisilla de lado.
-¿Debería? –El menor asintió- Pues no, no te recuerdo.
-Soy Frank. –El moreno negó aún sin saber- Frank Iero. Eras mi niñero hasta hace 5 años. ¿Ahora?
-¿Frank Iero? ¿Tú eres Frank
Iero? ¿El enano al que cuidaba?
-El mismo. –Dio una calada al
cigarrillo y soltó el humo despacio, y Gerard sintió que se derretía.
-Joder estás tan… Cambiado.
-Los 18 años es lo que tienen. Tú debes de tener ahora… ¿27? Estás igual, tío.
-¿Eso es bueno o malo? –Preguntó divertido.
-Eso es buenísimo. -¿Me acaba de repasar con la mirada mientras se mordía el labio? Pensaba el mayor. Por si acaso, decidió dejarlo pasar.
-Iba a por un café, ¿quieres
venir o…
-Claro. Vamos.
Fueron a una pequeña cafetería
que estaba a unas calles de distancia y pasaron allí un rato, charlando y
poniéndose al día sobre sus vidas. Gerard trabajaba en la galería de un amigo y
estaba negociando con él para comprarla, por eso estaba de vuelta en New
Jersey, porque era allí donde vivía su actual jefe. Como estaría unos días,
Frank aprovechó para invitarle al concierto que su banda daría esa noche. Gerard
no pudo negarse. Ni si quiera lo intentó.
Cuando Gerard llegó al local donde sería el concierto, el sitio ya estaba abarrotado y la banda se preparaba en el escenario. El moreno encontró un sitio medianamente vacío junto a la barra, así que pidió un botellín de cerveza. Desde allí se veía perfectamente el escenario, escondido entre las sombras.
El concierto comenzó. Las luces se apagaron y el sonido de la batería llenó el local junto a los gritos y aplausos de todos los que estaban allí, el pelinegro de la esquina incluido.
Frank estaba desbocado, no paraba
de moverse, jugaba con el cable del micrófono y se tiraba por el suelo. Fue en
la última canción cuando sus ojos encontraron con los de Gerard y un brillo
especial apareció en ellos, haciendo temblar al mayor.
Cuando acabó el concierto Gerard
aplaudió y gritó con todas sus ganas y pidió otra cerveza para mojar un poco su
cansada garganta.
Estaba apoyado sobre la barra hablando con el camarero cuando notó que alguien pasaba un brazo sobre sus hombros. Se giró para encontrarse cara a cara con Frank.
-Ey, ¡ha sido bestial! Sois la
hostia, joder.
-Gracias, es lo que intentamos.
–La mirada de Gerard recorrió a Frank de arriba abajo mientras este hablaba.
Tenía el pelo mojado y algunas gotas caían por su cuello. Llevaba una camiseta
negra ajustadísima y un pantalón tan caído de la cintura que se le veía más
allá de la goma del calzoncillo. Frank sonrió de lado bajo el escrutinio pero
no dijo nada- Voy fuera a echarme un cigarro, ¿vienes?
-Claro, me vendría bien un
cigarrillo.
Salieron del local y Frank fue
hacia uno de los lados, llegando a una especie de callejón, así que Gerard le
siguió.
-Me gusta este sitio. Sin gente y
sin ruido. –Comentó, dándole la primera calada al cigarro, viendo a Gerard
hacer lo mismo. Se quedaron en silencio un rato hasta que Frank volvió a
hablar- Todo esto ha sido gracias a ti, ¿sabes? –Gerard le miró sin comprender–
Lo del grupo y eso. Nunca me interesó la música hasta que me enseñaste a tocar
la guitarra con 10 años. Así que puedo decir que todo te lo debo a ti.
Frank le miró con profundidad.
Gerard no se había dado cuenta de cuándo se habían acercado tanto, pero ahora
podía sentir el humo que echaba Frank golpear contra su rostro junto con su
aliento cálido. Se quedó perdido en su mirada lo que parecieron horas,
admirando cada destello de estos y acercándose más y más sin pensarlo.
Su mirada viajaba de sus ojos
avellana a esos labios rosados y entreabiertos por los que escapaba el humo,
mientras los ojos de Frank hacían lo mismo en su rostro.
Y de repente estaban besándose,
los cigarros en el suelo y las manos pegadas en el cuerpo contrario.
En ningún momento fue un beso
suave sino que fue puro deseo desde el principio, todo dientes y saliva, las
manos recorriendo todo el cuerpo a su disposición, enredándose en el pelo o
apretando al otro contra sí. Fue cuando Frank apretó el culo del mayor entre
sus manos cuando el instinto más animal de éste salió a flote y le empotró
contra la pared del oscuro callejón, pegándose a él como una segunda piel y
metiendo su lengua lo más profundo que podía.
Frank gimió dentro de su boca y
alzó las caderas, rozándose contra el mayor, sintiendo una dureza contra la
suya propia. Gerard pareció recuperar un poco de razón y se separó de su boca
jadeante y con los ojos cerrados.
-Frank, no creo que debamos hacer
esto.
-Gee, la última vez que nos vimos me prometiste algo. –Gerard tragó duro. Se acordaba como si fuese ayer de esa promesa. No había pensado en otra cosa desde que había descubierto quien era.
-Sí, pero… –Frank puso un dedo
sobre sus labios para hacerle callar.
-No hay peros. Ya tengo la edad suficiente para que puedas enseñarme. –Se rozó una vez contra él y se puso de puntillas para llegar a su oído y susurrar ronco- Por favor. Enséñame a hacer el amor. –Terminó con una lamida a lo largo del cuello, terminando de nuevo en su oreja.
Y eso fue todo lo que Gerard
necesitó para convencerse de que podían hacerlo, que Frank ya no era el niño
inocente al que había cuidado años atrás, y que ambos lo deseaban igual y no
había nada malo en eso, ni si quiera la diferencia de 9 años de edad era un
obstáculo ahora que Frank era legalmente un adulto.
Volvió a besarle con todo lo que tenía y le mordió el labio inferior cuando sintió al menor sonreír contra él. Los roces se intensificaron y las manos pasaron a tocar zonas hasta ahora prohibidas. Cuando Frank intentó desabrochar el vaquero del mayor, este rompió el beso para hablar, sin separarse aún de él.
-No, espera. –Antes de que Frank
pudiese quejarse agregó– Vamos a mi casa. Quiero hacer esto bien.
Frank asintió y rozó sus labios
un momento antes de que Gerard le cogiese de la mano y le guiase hasta su
coche.
El camino hasta su casa pasó en
completo silencio, ambos más nerviosos de lo que querrían admitir y la tensión tan
clara que podría cortarse con un cuchillo.
En la puerta de la casa, el
moreno volvió a cogerle de la mano y abrió la puerta. No terminaron de entrar
cuando ya estaban contra la pared besándose de nuevo.
Como pudieron caminaron hasta el
cuarto del mayor, chocándose con algún mueble por el camino, y se dejaron caer
sobre la cama, la ropa desapareciendo poco a poco.
Frank se tomó su tiempo en
contemplar el cuerpo desnudo del chico que le robó el corazón a los 7 años, aún
sin poder creerse del todo lo que estaba pasando. Recorrió con sus dedos y su
boca cada porción de piel, saboreando y disfrutando. Pero Gerard no se quedó
quieto. Descubrió cada tatuaje y los repasó con la lengua, intentando cambiar
la tinta por saliva.
Encajaron como si hubiesen sido
creados el uno para el otro y así se sentían, completos ahora que estaban
juntos.
Gerard le enseñó todo lo que sabía y Frank aprendió encantado hasta que ambos se dejaron llevar por un orgasmo enloquecedor que les dejó rendidos sobre la cama en una maraña de brazos y piernas, totalmente agotados.
Tal vez fuera una hora o quizás 3 las que estuvieron durmiendo, pero cuando Gerard se despertó aún seguía acompañado, cosa que no ocurría desde hacía muchísimo tiempo. Lo primero que vio nada más abrir los ojos fueron los ojos de Frank, que le miraba con ternura y sonreía, aunque se podía ver cierto miedo detrás de todo eso.
-Hola. –Susurró Frank. Después de todo lo ocurrido en las últimas horas no sabía qué más decir.
-Hola. –Respondió igual, levantándose un poco para darle un pequeño beso en los labios, logrando que el menor se tranquilizase– Nunca pensé que nuestro reencuentro fuese a ser así.
-¿Pensaste que volveríamos a
vernos? ¿Pensaste en… en mí, cuando estabas fuera?
-Claro que pensé en ti. –Acarició
su mejilla con la mano. Frank se inclinó para tener más contacto– Pero nunca te
imaginé así tan… mayor y tan sexy.
-¿Soy sexy? –Ronroneó el menor.
-Muy sexy. –Le mordió una mejilla
haciéndole reír.
-Te quise mucho cuando era
pequeño. Todos los días deseaba que mis padres se largasen por ahí para que
fueses a cuidarme.
-Yo también te quise mucho. Lo
cierto es que aún lo hago.
-Gerard, ¿me enseñarías a hacer
otra cosa?
-Lo que quieres.
-Enséñame a amar.
La única respuesta del moreno fue una gran sonrisa y un beso que les robó el aire a los dos.
De lo que Gerard nunca se
enteraría es que Frank ya sabía lo que era una mamada cuando le preguntó con 13
años, y que el reencuentro tal vez no fue obra del destino, sino del chico con
tatuajes.
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